Las personas que se cruzan en nuestro camino de vida llevan
implícito un objetivo para nosotros: algo que debamos aprender, algo que pulir, conocer, hacer, en fin. Las personas, ninguna de ellas, llega
sin un propósito para nosotros. Algunas con paso efímero y otras, duradero,
pero ninguna permanece más de lo que debe.
La pluma poética de Mario Carlos Martínez Espinosa, nos
recuerda que todos somos viajeros en esta vida. Nos cruzamos unos con otros,
nos enamoramos, amamos, compartimos, para que finalmente, cada uno sigamos
nuestro camino.
Constantemente, dice el poeta, navegamos por el río de la
memoria y por el océano del olvido. La memoria persistente nos vivifica; el
olvido sugiere nuestra muerte en aquella mente que ya no nos recuerda.
La poesía de Mario Carlos, nos lleva por cordilleras,
pueblos, mares, ciudades hasta encontrarnos con nosotros mismos. Nos recuerda que
nuestro equipaje debe ser ligero para caminar sin peso extra, correr o volar si es necesario para llegar a
nuestro destino.
Sus versos tienen el poder de transmitir la nostalgia de los
vientos tristes provenientes de ciudades lejanas como Teherán. Eriza la piel
percibir dichos vientos y dicha tristeza. Regalan el anhelo de visitar aquella
ciudad cuya tradición es la misma historia de la poesía.
La gota en el océano tiene el poder de revolcarnos en la nostalgia, el dolor, la alegría, la emoción, el amor, la excitación, Tiene el valor
de cuestionar a Dante, a Siddhartha y a Rumi, para finalmente, preguntarle al
lector sobre su Autoconocimiento.
El poemario se corona con la sección: Josravaní para el Séptimo
arte, que es un tipo de poesía breve originaria de Irán y que se caracteriza por
su capacidad de captar momentos, imágenes o emociones intensas en muy pocas
palabras, es una forma de expresar emociones de manera minimalista. La pluma
del poeta nos presenta a los cineastas más representativos de Persia con
imágenes poéticas sublimes, agudas, penetrantes, perpetuas.
El poeta nos dice que el séptimo arte se convierte en otra
forma de viajar, de conocer, de encontrarnos. Nos consuela al decirnos que el Buda destruido por los Talibanes, pervive en el cine y en los versos.
A través de Panahi, el poeta nos cuestiona: ¿De qué película
somos personajes? Y a través de Kiarostami nos recuerda que a pesar de que haya
en nuestro camino flores marchitas, la primavera siempre volverá: un guiño a la
esperanza perdida, un rayo de sol a la penumbra vivida.
Este poemario es, en resumen, un recordatorio de que nuestro
viaje por esta vida es constante. Podría ser doloroso, podría ser placentero,
al final solo es un espejo para que podamos admirar nuestro reflejo. Es, también,
una invitación a viajar ligeros, sin afanarnos, solo aceptando aquello que la
vida tiene para nosotros y así, transformarlo en nuestra experiencia, en
nuestra memoria, en nuestra historia de vida, en nosotros mismos.
Para mí, resultó una Oda a la nostalgia pura y naciente del alma herida y al mismo tiempo, ávida por seguir viviendo, que por supuesto, aplaudo de pie.

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